Atender de forma regular a una persona dependiente supone un enorme desgaste tanto físico como psíquico. Pero si además nos une alguna vinculación emocional con la persona cuidada, los estragos de la atención y el cuidado pueden ser mucho más severas.
Cuidar a una persona dependiente, a grandes rasgos, supone una enorme inversión de energía y tiempo, responsabilizarse casi por completo de la higiene, medicación y necesidades básicas de la persona atendida. Progresivamente se puede observar un paulatino deterioro de la salud física, pero también social (menos tiempo para relacionarse con otras personas), laboral (reducciones de jornada o imposibilidad de proseguir en búsqueda de empleo si se trata de personas en edad activa) y personal (menor implicación de actividades de satisfacción propias o de autocuidado). Si a eso le añadimos la vivencia de estar ligados/as emocional y afectivamente a la persona cuidada y observar el deterioro y sufrimiento que en ella se opera, las consecuencias psicológicas están en camino.
Pueden llegar a observarse dificultades del sueño, labilidad emocional (cambios de humor repentinos), sensación de agotamiento mental, depresión, ansiedad, variabilidad del apetito, aislamiento social, etc.